
El mapa emocional del vino
Entender lo que sentimos cuando bebemos
Durante años nos han dicho qué hay que notar en un vino. Aromas, matices, estructuras, tecnicismos. En VIKA preferimos empezar por otro sitio: qué nos pasa por dentro cuando lo bebemos. Porque antes de poner palabras, el vino activa emociones. Y esas emociones siguen un patrón. A eso lo llamamos mapa emocional del vino.
Este mapa no es para expertos ni para memorizar fichas de cata. Es una guía sencilla para entender por qué un vino te relaja, otro te activa, otro te conecta con recuerdos y otro te hace sonreír sin saber muy bien por qué.
El vino como estímulo emocional cotidiano
El vino no vive solo en la copa. Vive en el cerebro. Cada sorbo pone en marcha un diálogo entre sentidos, memoria y emoción. Cuando entendemos ese recorrido, el vino deja de ser solemne y se vuelve cotidiano, cercano y fácil de interpretar.
El mapa emocional del vino parte de una idea muy simple: no todos sentimos lo mismo, pero todos sentimos algo.
Y ese “algo” se puede observar, ordenar y disfrutar mejor.
Qué se activa en nuestro cerebro cuando bebemos vino
Cuando bebemos vino ocurren varias cosas al mismo tiempo:
1. Sistema sensorial: Vista, olfato, gusto y tacto trabajan en equipo. El aroma llega antes que el sabor y prepara al cerebro para interpretar
la experiencia.
2. Sistema límbico: Aquí viven las emociones. El vino no pasa primero por la razón, pasa por la emoción. Por eso sentimos placer, calma, energía o curiosidad antes de “entender” el vino.
3. Memoria emocional: El olfato conecta directamente con recuerdos. Un vino puede llevarte a una comida, a una persona o a un momento
sin pedir permiso.
4. Corteza prefrontal: Es donde ponemos palabras a lo que sentimos. Pero llega después. Primero sentimos, luego explicamos.
Este recorrido es la base de la enología emocional, el método que seguimos en VIKA para trabajar el vino desde la experiencia real de las personas, no desde el discurso tradicional.



El mapa emocional del vino: cómo leerlo
El mapa emocional no clasifica vinos “mejores” o “peores”. Clasifica respuestas emocionales. Nos ayuda a identificar en qué zona emocional nos coloca cada vino.
De forma sencilla, trabajamos con cuatro grandes ejes:
1. Activación
Vinos que despiertan energía, atención y conversación. Suelen ser frescos, vibrantes, con acidez marcada o perfiles aromáticos expresivos. Perfectos para empezar, para compartir, para romper el hielo.
2. Relajación
Vinos que bajan el ritmo. Invitan a parar, respirar y disfrutar sin prisa.
Texturas suaves, equilibrio y sensación envolvente.
Ideales para el final del día o para conversaciones tranquilas.
3. Conexión emocional
Vinos que activan recuerdos y emociones profundas. No siempre son los más complejos, pero sí los más significativos para quien los bebe.
Aquí cada persona vive una experiencia distinta.
4. Juego y curiosidad
Vinos que sorprenden, que rompen expectativas y generan preguntas.
Cambios, contrastes, estilos poco convencionales.
El vino como juego, no como examen.
Un mapa para todo el mundo
La clave del mapa emocional del vino es que no necesitas saber de vino para usarlo. Solo necesitas escucharte.
En nuestras VIKAs vemos cómo personas sin experiencia previa entienden mejor un vino cuando hablan de cómo les hace sentir, en lugar de intentar acertar descriptores. Ahí ocurre algo interesante: la conversación fluye, desaparece el miedo a “no saber” y el vino se disfruta más.
Eso es romper la tradición sin perder respeto por el producto.
Cómo crear tu propio mapa emocional del vino
Aquí es donde el mapa cobra sentido. No se trata de aprender más, sino de mirarte mientras bebes vino.


Paso 1. Antes de beber: ¿cómo estás?
El mapa empieza antes de la copa. Pregúntate algo muy simple: ¿con qué energía llego a este vino?
No es lo mismo beber desde el cansancio que desde la celebración. El estado previo influye en la emoción que se activa. Tomar conciencia de esto ya cambia la experiencia.
Paso 2. Primer contacto: la emoción manda
Da el primer sorbo sin analizar. Nada de aromas, nada de estructura. Solo una pregunta: ¿qué me provoca?
Puede ser calma, curiosidad, alegría, sorpresa, comodidad. No busques la palabra perfecta. Busca la honesta.
Aquí estamos en el sistema límbico, donde trabaja la emoción. Este es el núcleo del mapa.
Paso 3. Ubica el vino en el mapa
Ahora sitúa ese vino en uno (o varios) de estos ejes:
- ¿Me activa o me relaja?
- ¿Me conecta con recuerdos?
- ¿Me invita a jugar y conversar?
- ¿Me hace parar y escuchar?
No hay respuestas correctas. El mismo vino puede caer en lugares distintos según la persona, el momento o la compañía. Y eso está bien.
Paso 4. Ponle palabras sencillas
Solo después, si quieres, pon palabras. No técnicas. Cotidianas.
En VIKA escuchamos cosas como:
- “Este vino me ordena la cabeza”
- “Este me abraza”
- “Este me despierta”
- “Este me hace reír”
Eso también es lenguaje del vino. Y se recuerda mejor.
Paso 5. Guarda la emoción, no la ficha
El objetivo no es acordarte del vino, sino de cómo te hizo sentir. La memoria emocional es la que permanece. Por eso, cuando vuelves a beber algo parecido, el cuerpo lo reconoce antes que la mente.
Así se construye tu mapa emocional personal: experiencia a experiencia, emoción a emoción.
Vino, emoción y experiencia Vika
En VIKA usamos el mapa emocional como hilo conductor de nuestras experiencias. No explicamos vinos, activamos vivencias. Porque recordamos mejor lo que sentimos que lo que nos cuentan.
El mapa emocional del vino no es un dibujo cerrado. Es una herramienta viva, flexible y personal. Un punto de partida para conectar con el vino
desde lo humano.
Y esto solo es el comienzo.