
El poder de la memoria sensorial
Ciencia y emoción en una copa
Siempre me ha fascinado cómo, en un instante, un aroma puede abrir una puerta que creía cerrada. A veces basta un simple gesto: acercar la copa, dejar que el vino respire, y de pronto noto cómo algo dentro de mí también se abre. Es ahí donde empieza mi viaje sensorial, ese diálogo silencioso entre el vino y mis recuerdos. Y cuanto más profundizo en este universo, más entiendo que lo que sucede en ese momento no es casualidad: es ciencia, es emoción y es memoria.
En VIKA trabajamos precisamente desde ese lugar. No me interesa solo describir un vino; me interesa comprender cómo me transforma, qué
activa en mí. La memoria sensorial es el puente que une conocimiento y emoción, técnica y vivencia. Y en esa unión encuentro una forma distinta de disfrutar y de compartir el vino.
La ciencia que sostiene lo que sentimos
Hablar de memoria sensorial es hablar de neurología, aunque en mi caso lo viva desde la intuición y la experiencia. Cuando percibo un aroma, mi
cerebro no lo procesa de manera aislada. Lo entrelaza con recuerdos, lugares, personas. El bulbo olfativo, que recibe la primera información aromática, conecta directamente con el sistema límbico, donde se alojan nuestras emociones y recuerdos más primarios.
Por eso un vino puede emocionarme incluso antes del primer sorbo; porque los aromas viajan por rutas que la razón no controla del todo. La
ciencia lo explica. Yo simplemente lo siento.
Cada nota aromática —una fruta roja madura, una flor blanca, un toque salino— se convierte en una pequeña llave que abre una historia que ya viví o una que estoy por vivir. La memoria sensorial está siempre en movimiento, siempre reescribiéndose. Y esa plasticidad me recuerda que
yo también puedo hacerlo: abrirme, cambiar, reinterpretar.



El vino como catalizador emocional
A veces me preguntan por qué hablo tanto de emoción cuando hablo de vino. La respuesta es sencilla: porque lo experimento así. Una copa no es solo un líquido lleno de matices; es un espacio simbólico, un escenario donde mi presente se encuentra con mis recuerdos.
El vino me ofrece un ritmo más lento, una pausa. Y en esa pausa descubro emociones que la vida cotidiana a veces oculta. Es como si cada sorbo me dijera: “escúchate”. Esa invitación es uno de los regalos más valiosos que encuentro en una cata consciente.
En lugar de pensar “¿a qué huele?” me pregunto: “¿Qué despierta en mí?” Esa sencilla pregunta cambia todo. Me permite observar el vino y observarme a la vez, sin prisa, sin juicio, solo con curiosidad.



La enología emocional®: mi método para sentir con intención
En VIKA trabajamos con la enología emocional®, un enfoque que combina conocimiento técnico con exploración interna. No busco descifrar un vino desde un manual; busco comprenderlo desde lo que provoca en mí.
La enología emocional me invita a:
- Escuchar mis sentidos, no para acertar, sino para entender.
- Conectar el aroma con la emoción que lo acompaña.
- Enriquecer la memoria sensorial con nuevas experiencias
significativas. - Catar desde el presente, aceptando que cada día soy diferente, por
lo que cada vino también lo será.
Este método convierte la cata en un acto íntimo, consciente y creativo. Me permite abrazar lo sensorial como un camino personal, donde el vino deja de ser un objeto para convertirse en un compañero de viaje.
Cómo la memoria sensorial expande mi experiencia
Lo más fascinante de la memoria sensorial es que se construye con cada experiencia. No está fija; crece, evoluciona, se afina.
Cuando abro una copa que me recuerda a un verano junto al mar, no solo percibo notas salinas; percibo la calidez del sol en la piel, la textura de la arena, la ligereza de aquel momento. Y eso transforma la cata por completo.
La memoria sensorial funciona como un archivo emocional que se activa sin esfuerzo. Cuanto más consciente soy de este archivo, más disfruto del vino, y más creativa se vuelve mi propia interpretación.
En este sentido, el vino es también un espejo. A veces reconoce algo de mí que yo misma había olvidado. Y cuando un vino me sorprende, agradezco que mi memoria sensorial siga viva, curiosa y dispuesta a aprender.
Crear nuevos recuerdos en una copa
Una idea que me encanta de la memoria sensorial es que no solo revive recuerdos: también los crea. Cada cata, cada encuentro, cada conversación alrededor del vino deja una huella.
Por eso cuando comparto una VIKA con otras personas, sé que no solo estamos catando; estamos construyendo memoria. Y esa memoria no
pertenece solo al vino: nos pertenece a nosotras, a nuestra experiencia conjunta.
Me gusta pensar que cada copa tiene el poder de abrir una historia. Algunas vienen del pasado, otras nacen en ese mismo instante. Y todas merecen un lugar en nuestra memoria sensorial.
Vivir el vino desde la experiencia VIKA
Cuando guío una VIKA, mi intención es crear un espacio donde cada persona pueda descubrir su propia memoria sensorial. No importa cuánto
sepa de vino; importa lo que siente. Ese es el corazón de nuestro método.
Invito a cada participante a escuchar su copa, a escucharse, a entrar en ese diálogo íntimo donde nacen las conexiones significativas. Una VIKA no busca enseñar; busca despertar. Y cuando despertamos nuestros sentidos, despertamos también una parte de nosotras.
Al final, ese es el verdadero poder de la memoria sensorial: la capacidad de transformar una simple copa en una experiencia que permanece. Una
experiencia que nos recuerda quiénes somos y quiénes podemos llegar a ser.