VINOCRÓNIKAS

Vive la Navidad con los vinos que te despiertan el alma

En cuanto llega diciembre, algo cambia en el aire. Las calles brillan distinto, las agendas se llenan de planes y, sin querer, comenzamos a imaginar esas mesas largas donde siempre terminamos hablando más de la cuenta. Y entonces llega ese pequeño momento de pánico silencioso: toca elegir el vino.

Te ves entrando en una tienda, rodeado de estanterías infinitas. Botellas altas, bajitas, elegantes, modernas… Un universo de etiquetas mirándote como si tú tuvieras que conocerlas a todas. Y en medio de ese instante – a veces divertido, a veces abrumador – aparece la pregunta que lo complica todo:

"¿Y si no sé elegir bien?"

Pero, ¿y si resultara que elegir un vino no va de saber… sino de sentir?
Desde VIKA siempre decimos que un vino, antes que nada, es una emoción en forma de botella. Y cuando lo ves así, todo se vuelve mucho más sencillo.

Empieza por los recuerdos que te hicieron vibrar

Antes de que tu mente empiece a analizar, deja que sea tu memoria la que llegue primero. Quizá hubo un blanco ligero que te acompañó una tarde luminosa. Un tinto amable que abrió una conversación sincera. Un rosado que te sorprendió sin esperarlo. O un espumoso que convertía cualquier momento en una celebración improvisada.

Si hubo un vino que este año te hizo sentir algo –aunque fuera pequeño– ese vino ya te conoce. Y tú lo conoces a él. Esos son los vinos que merece la pena volver a poner en tu mesa.

La historia que cuenta una etiqueta

Cuando tienes una botella entre las manos, es como si sostuvieras un pequeño mensaje oculto esperando a ser interpretado. No necesitas ser experto; solo necesitas mirar.

Los colores hablan primero, casi sin darte cuenta: Las etiquetas oscuras – negros, burdeos, dorados– parecen susurrar historias de calma, de tradición, de vinos que se toman su tiempo. Las etiquetas llenas de color – turquesas, verdes brillantes, rosas juguetones– parecen invitarte a algo más fresco, más joven, más vivo. Las muy blancas, limpias, minimalistas, transmiten equilibrio y elegancia sin necesidad de gritar.

Luego están los símbolos, esos pequeños detalles que revelan la personalidad del vino: Un castillo que te promete estabilidad. Una ilustración moderna que te guiña un ojo. Un dibujo que parece haber nacido de un trazo libre, casi impulsivo.

Si prestas atención, la etiqueta te dice cómo quiere que lo tomes: ¿Con calma? ¿Con curiosidad? ¿Con ganas de dejarte sorprender?

Las uvas: los personajes de esta historia

Cada uva tiene una forma distinta de contarte lo que trae dentro. Si las escuchas, entenderás mucho sin necesidad de análisis.

Blancas

El Albariño suele llegar saltando, chispeante, luminoso, como alguien que entra sonriendo a una habitación. El Verdejo es más directo: herbal, expresivo, con carácter propio. La Chardonnay se mueve despacio, redonda, cremosa, perfecta para ambientes tranquilos. La Sauvignon Blanc es pura energía: cítrica, vibrante, siempre despierta.

Tinas

El Tempranillo es ese amigo equilibrado que encaja en todas partes. La Garnacha aparece alegre y jugosa, como quien trae buenas noticias. El Cabernet Sauvignon es profundo, serio, intenso. El Merlot, en cambio, es suave, amable, acogedor.

Piensa en quién quieres que “entre” a tu cena y elige en consecuencia.

La denominación de origen como mapa emocional

La DO es como el acento del vino: Ribera del Duero habla con voz profunda, intensidad, vinos con alma seria. Rioja, en cambio, te escucha y te acompaña, es equilibrio, suavidad, tradición. Rías Baixas tiene algo de brisa, es frescura, dinamismo, vinos vivos. Priorat tiene carácter, roca, una fuerza que se nota, potencia, carácter mediterráneo y personalidad. Rueda te recibe con frescura, blancos expresivos y fáciles de beber.

Cada zona tiene su energía. Y al final, tú sabes mejor que nadie cuál encaja con tu mesa.

Cinco minutos. Tú, la botella y tus sentidos

Aquí llega el ritual VIKA. Tan simple como poderoso.

Cuando tengas la botella en tus manos, detente cinco minutos. Con eso baasta. Nada más. concéntrate, mírala desde dentro, y respira.

Observa la etiqueta, el color del vidrio, las palabras que aparecen, la textura del papel. Escucha qué te ocurre por dentro de ti. Hay botellas que te dicen “sí” en un segundo. Hay otras que te dejan indiferente. Y eso también es información.

No importa si es blanco, tinto, rosado o espumoso. Lo importante es si conectas. Si tu cuerpo hace un pequeño “clic” silencioso. Si algo en ti reconoce algo en ese vino.

Y cuando lo pruebes... cuéntanos

Porque aquí empieza lo realmente bonito. Tú elegirás tu vino, lo llevarás a tu mesa, lo abrirás en ese momento especial… y entonces llegará ese primer sorbo que nunca se repite dos veces.

Y ahí queremos estar contigo. Porque en VIKA trabajamos más que con vinos:

trabajamos con personas, con emociones, con memorias, con momentos que se quedan.

Nos mueve escuchar historias reales, saber qué te hizo sentir un vino, en qué punto te tocó, qué emoción despertó en ti o en tu mesa. Esa es nuestra misión:

acompañar a las personas a descubrirse a través del vino, a conectar con su intuición, a disfrutar sin miedo, a elegir desde el corazón y no desde la presión o la obligación.

Porque eso es VIKA: vino que se vive, vino que se siente, vino que se queda

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