Madrid Fusión 2026: gastronomía, emoción y VIKA

Asistí a Madrid Fusión 2026 con ganas de descubrir nuevas ideas y conocer las propuestas de algunos de los grandes referentes de la gastronomía. Entre ponencias, conversaciones y reflexiones sobre creatividad, territorio y memoria, encontré una conexión inesperada con la filosofía VIKA y con una forma de entender el disfrute que va mucho más allá de lo que encontramos en un plato o en una copa.
Marisol en The Wine Edition, el espacio dedicado al vino de Madrid Fusión 2026, junto al cartel de Wines from Spain.

Cuando un congreso te invita a mirar más allá de las tendencias

Siempre me ha gustado asistir a congresos porque ofrecen la oportunidad de aprender de profesionales con trayectorias muy diferentes y descubrir hacia dónde se dirige un sector. Las ponencias permiten conocer nuevas propuestas, pero también resultan interesantes las conversaciones que surgen entre los asistentes y las preguntas que aparecen cuando se comparten distintas maneras de trabajar.

Con esa disposición llegué a Madrid Fusión 2026, uno de los grandes encuentros internacionales dedicados a la gastronomía. Esperaba conocer proyectos, escuchar a cocineros que admiro y regresar con nuevas ideas. Lo que no imaginaba era que la jornada acabaría despertando una reflexión tan relacionada con mi propia manera de entender las experiencias.

Desde las primeras intervenciones, el auditorio ofrecía ese ambiente de expectación que tanto me gusta de los encuentros profesionales. Cada ponente llegaba con una historia, un territorio y una propuesta culinaria propios. Mientras tomaba notas, fui descubriendo que, detrás de la diversidad de planteamientos, aparecían cuestiones que iban más allá de las técnicas de cocina.

La creatividad, la identidad de los lugares, los recuerdos personales y la relación con quienes se sientan a la mesa ocupaban un espacio importante en aquellas reflexiones. Me interesó especialmente comprobar cómo estos asuntos podían abordarse desde perspectivas diferentes sin perder su relación con el conocimiento gastronómico.

Aquella combinación me llevó a escuchar las siguientes ponencias con una atención distinta. Ya no buscaba únicamente aprender algo nuevo sobre cocina, sino comprender qué podía descubrir a partir de las experiencias que otros profesionales estaban compartiendo.

Distintas cocinas, nuevas perspectivas

A lo largo de la jornada tuve la oportunidad de escuchar a profesionales como Mauro Uliassi, Pía León, Bruno Verjus, Vicky Cheng y Bas van Kranen, cuyas trayectorias muestran maneras muy diferentes de interpretar la gastronomía.

Cada uno partía de un contexto particular. La relación con el territorio, la creatividad, la identidad cultural o las decisiones que intervienen en la elaboración de un plato ofrecían puntos de vista que invitaban a pensar en la cocina como algo más amplio que una sucesión de técnicas.

Lo que me resultó especialmente interesante fue observar cómo una propuesta gastronómica puede expresar la historia de quien la crea y, al mismo tiempo, adquirir un significado distinto para quien la disfruta.

Un ingrediente puede estar vinculado a un paisaje, a una tradición familiar o a una decisión creativa. Para el cocinero, su elección responde a determinados conocimientos e intenciones; para el comensal, en cambio, puede despertar una asociación inesperada o convertirse en el punto de partida de una conversación.

Esta diferencia de perspectivas me hizo recordar muchas de las experiencias compartidas alrededor del vino. En ocasiones, aquello que más interesa a una persona no coincide con lo que inicialmente habíamos pensado explicar. Una pregunta sobre un aroma puede conducir a un recuerdo familiar, mientras que la historia de una variedad puede despertar el deseo de conocer un territorio.

Comprendí que esa diversidad de interpretaciones no resta valor al conocimiento que transmite un profesional. Al contrario, permite que ese conocimiento encuentre nuevas conexiones con las inquietudes de cada persona.

Y fue precisamente ahí donde empecé a reconocer una relación con la filosofía VIKA.

Del conocimiento gastronómico a la experiencia personal

La gastronomía requiere formación, investigación, dominio técnico y una enorme capacidad de trabajo. Nada de lo que escuché en Madrid Fusión me llevó a cuestionar esa realidad. Sin embargo, la jornada me invitó a reflexionar sobre lo que sucede cuando todo ese conocimiento llega a la persona que disfruta de una propuesta.

Un cocinero puede dedicar años a perfeccionar una elaboración, pero no puede determinar por completo cómo la interpretará cada comensal. Quien se sienta a la mesa llega con sus preferencias, sus recuerdos y sus experiencias anteriores, que influyen en aquello que despierta su interés.

Esta relación entre conocimiento y percepción personal es una de las cuestiones que más me atraen de la gastronomía y del vino. Cuanto más aprendemos, más recursos tenemos para comprender lo que estamos probando, aunque ese aprendizaje no tiene por qué conducirnos a todos hacia las mismas conclusiones.

Durante el congreso pensé en la importancia de conservar ese espacio para la interpretación individual. Una experiencia gastronómica puede enseñarnos algo sobre un producto, acercarnos a una cultura o permitirnos descubrir una combinación de sabores que desconocíamos. Su valor no depende exclusivamente de que recordemos todos los datos recibidos, sino también de lo que hayamos sido capaces de relacionar con nuestros propios intereses.

Desde la filosofía VIKA, el conocimiento y el disfrute no son caminos separados. La curiosidad nos impulsa a descubrir, y cada nuevo aprendizaje puede ampliar nuestras posibilidades de disfrutar de una actividad, siempre desde nuestra propia manera de vivirla.

Aquella reflexión me acompañó cuando continué recorriendo los espacios del congreso.

The Wine Edition: otra forma de acercarse al vino

Mi paso por The Wine Edition – Wines from Spain 2026, el espacio dedicado al vino dentro de Madrid Fusión, me permitió trasladar algunas de aquellas reflexiones al ámbito que conozco más de cerca.

El vino reúne una enorme cantidad de conocimientos relacionados con la viticultura, la elaboración, los territorios y las variedades de uva. Comprenderlos puede enriquecer una degustación y ayudarnos a interpretar mejor lo que encontramos en una copa.

Sin embargo, siempre me ha interesado especialmente lo que sucede cuando esos conocimientos se encuentran con la historia de cada persona.

Un mismo vino puede despertar preguntas diferentes. Alguien querrá conocer su elaboración, otra persona se interesará por el paisaje del que procede y habrá quien descubra un aroma que le recuerde un momento de su vida. Ninguna de esas aproximaciones tiene por qué excluir a las demás.

Mientras recorría The Wine Edition, pensé en la importancia de que el mundo del vino continúe ofreciendo propuestas capaces de acoger esa diversidad de intereses. La divulgación técnica sigue siendo fundamental, pero puede convivir con experiencias que despierten la curiosidad y permitan construir una relación personal con lo que estamos descubriendo.

Para mí, esa es una de las posibilidades más interesantes de la cultura del vino: cuanto más conocemos, más preguntas podemos hacernos y más caminos encontramos para seguir disfrutando.

La visita a este espacio terminó de dar forma a una reflexión que había comenzado durante las primeras ponencias.

EL CONOCIMIENTO AMPLÍA NUESTRAS POSIBILIDADES DE DISFRUTAR CUANDO ENCONTRAMOS LA MANERA DE RELACIONARLO CON NUESTRA PROPIA HISTORIA

Hay un momento de aquella jornada que recuerdo con especial claridad. Estaba sentada en uno de los auditorios, escuchando una intervención, cuando dejé de escribir en el cuaderno que había llevado para recoger ideas.

Durante unos instantes preferí prestar atención sin intentar convertir cada reflexión en una anotación. Había pasado buena parte del día escuchando a profesionales con trayectorias extraordinarias y tratando de comprender qué podía aprender de sus propuestas.

Al dejar el bolígrafo, me di cuenta de que varias de las cuestiones que habían despertado mi interés estaban relacionadas con ideas sobre las que llevaba tiempo reflexionando a través de VIKA.

Recordé conversaciones, experiencias compartidas y preguntas que habían surgido durante el desarrollo de esta filosofía. También pensé en las veces que había intentado explicar por qué una misma actividad puede resultar tan diferente para dos personas y por qué me parece importante que cada una descubra sus propios motivos para disfrutar.

No sentí que los ponentes estuvieran hablando de VIKA ni que sus propuestas fueran equivalentes a nuestra manera de entender las experiencias. Lo que reconocí fueron inquietudes que podían dialogar entre sí: el valor de la memoria, la identidad, la curiosidad y la relación entre el conocimiento y las vivencias personales.

Aquella coincidencia me produjo una satisfacción especial, porque me permitió contemplar algunas de mis reflexiones desde perspectivas que no había considerado.

Había llegado a Madrid Fusión buscando nuevas ideas y terminé descubriendo que también podía aprender al reconocer conexiones entre lo que escuchaba y el camino que ya había recorrido.

La huella VIKA: una certeza que invita a seguir descubriendo

Al terminar la jornada y salir de IFEMA, necesitaba ordenar todo lo que había escuchado. No quería regresar únicamente con una colección de nombres, propuestas o conceptos, sino comprender qué había significado para mí aquella experiencia.

Madrid Fusión me había permitido conocer distintas maneras de interpretar la gastronomía, acercarme a proyectos creativos y observar cómo profesionales de diferentes procedencias relacionaban su trabajo con el territorio, la identidad y las personas.

Pero, sobre todo, me había recordado que una experiencia puede seguir aportándonos algo después de haber terminado, cuando encontramos tiempo para relacionar lo vivido con nuestros conocimientos y nuestra historia personal.

Esa es una de las ideas que dan sentido a la filosofía VIKA. Disfrutar no consiste únicamente en elegir actividades interesantes, sino también en reconocer nuestra capacidad para descubrir, aprender y encontrar significados personales en aquello que hacemos.

La curiosidad me llevó a Madrid Fusión; las ponencias y conversaciones ampliaron mis conocimientos, y la reflexión posterior me permitió descubrir conexiones con mi propia trayectoria. Todo ello convirtió la jornada en una experiencia que ahora forma parte de mi historia.

Por eso regresé con una certeza, aunque quizás no fuera exactamente la que esperaba encontrar: todavía quedan muchas maneras de disfrutar por descubrir, incluso dentro de aquello que creemos conocer bien.

Y esa posibilidad de seguir aprendiendo, sorprendiéndome y ampliando mi mirada es, precisamente, una de las razones por las que continúo disfrutando tanto de este camino.

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